LA FLECHA DEL TIEMPO Martin Amis

Simetría con perdiz en el centro

Cuando uno ve más de cuatro veces Memento empiezan a pasar cosas raras. La peor es que te despiertas con tatuajes chungos por todo el cuerpo. Sin embargo, a partir del quinto o sexto visionado te empiezas a percatar de una serie de detalles que, a base de perder contacto con la realidad, parecen muy importantes cuando, en realidad, no contribuyen de ningún modo a llegar a fin de mes. Una de estas chorradas como pianolas, ya puestos a contar, es que la acción de la película no sigue un desarrollo regresivo al cien por cien y que Nolan hace trampa: intercala una línea que se desarrolla hacía adelante, ayudando a comprender la línea principal regresiva, y que, para que diferenciarla, se reproduce en blanco y negro hasta que ambas convergen.

CM546_GLa literatura, si eres un tramposo, puedes tirar de recursos por el estilo. Martin utiliza una trampa de esas, muy sutil, en este librillo: usar un narrador que está sólo en la cabeza del protagonista -como la voz de mi bisabuelo, que me pide continuamente que me suscriba a Playboy- y cuya percepción del sentido del transcurso del tiempo es hacia adelante mientras que el resto de la acción transcurre hacia atrás. Y digo que es sutil porque a veces este narrador habla del él mismo y del protagonista como de “nosotros”, en otras (la mayoría) deja claro que se considera otra entidad independiente, y en el resto (las menos) hace una identidad tan fusionada con el personaje que se habla de ambos en singular.

Ahí, señores, en la gestión fina de estas tres perspectivas, radica la totalidad del arte de Amis. El resto es pura técnica.

Y vaya técnica, colega.

Hay que ser un malabarista y un Máquina del Estilo Propio para poder contar una historia como esta, hacia atrás, segundo a segundo, secuencialmente desde la muerte del protagonista hasta su nacimiento. En tan sólo doscientas veinte páginas. Toma castaña. Con decirte que comienza transcribiendo los diálogos a la inversa, letra a letra, artle a artle… Después se apiada del lector y sólo invierte el orden de las intervenciones de cada uno comenzando los diálogos con la última frase dicha y terminando por la primera. Y hasta ahí: poco más se apiada de nadie.

El resto tú te lo guises, tú te lo comas.

Gran acierto, por otra parte, pues si uno de los grandes logros de Memento fue poner al espectador con la cabeza bocabajo y dentro del pellejo de un enfermo que olvidaba toda su vida cada pocos minutos, Martin exige un nivel de concentración tal que, cuando levantas la vista del libro, te extrañas de que el mundo avance hacia adelante.

De esta forma, en diez o quince páginas, Read more…

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LIMÓNOV Emmanuel Carrere

Forreshka Gumpovich a otro lado del espejo

 

«Limónov no es un personaje de ficción. Existe y yo lo conozco», dicen en la contraportada del libro como si fuera una advertencia de Carrère. «Y el tío es un completo imbécil», habría que añadir.

plantLIMONOV.qxd:PlantALBA.qxdNo es que Emmanuel piense o transmita eso con su texto, pero es una de las interpretaciones que se pueden aventurar de este personaje sin apenas riesgo de cagarla. Que yo considere bajo el riesgo de decir una cagada es tener todas las papeletas para cagarla, así que mejor ni caso. Pero algo habrá que decir ¿no? De hecho hay mucho que decir, porque la biografía de Eduard Limónov es la biografía de sesenta años de un país (¿biografía de un país? ¿Eso está bien dicho?): la Unión Soviética, y la de un par de décadas de dos ciudades: Nueva York y París. Vamos, que por dónde iba pasando iba haciendo historia, el angelito.

Emmanuel comienza haciendo, en sus primeras diez páginas, un resumen de lo que más tarde desarrollará, contando la historia desde un punto de vista muy distinto del que usará en el resto de la obra. Si en esa especie de introducción deja entrever por qué un tío como Limónov parece, a priori, merecedor de ser investigado y de ser contada su historia, en el resto del libro no deja duda alguna del mérito del pintas ruso este. Esa es la opinión que  Carrére sostiene, y el lector criticón no podrá estar continuamente de acuerdo con él (qué coño, ni Carrère está continuamente de acuerdo consigo), sin embargo la postura está defendida con mucha habilidad durante el resto de las páginas, el parisino escribe endemoniadamente bien. Tan bien lo hace (al fin un gran escritor francés, sin las ínfulas de otros, igual de populares) que juega precisamente con eso: con la repulsa del lector por un ser egoísta, mezquino y adalid de la violencia como Limónov y, a la vez, desvela con la interesante minuciosidad de un arqueólogo apasionado, los logros, muchas veces cuestionables, de un sujeto que supo estar en el centro del torbellino allí donde fuera y que, en cualquier punto del trayecto, pudo quedar inerte en una cuneta sin que su nombre se recordara. Y sin embargo no le ocurrió. Algo haría bien, aunque me da que su vida, aparte de ser resultado de un empeño de acero cromado, es también efecto de la proverbial flor en el culo. Muchos tuvieron el mismo empeño y no presenciaron ni la mitad de cosas que este caballero.

La principal virtud del ruso (yo me quedo con esa) queda resumida en la décima página del libro: “El hecho es que los lavabos de este campo (prisión)… … son exactamente los mismos que los de un hotel concebido por el diseñador Philippe Starck, donde el editor norteamericano de Limónov le alojó, durante la última estancia en él, en Nueva York, a finales de los años ochenta. La coincidencia lo dejó pensativo. Ninguno de sus camaradas de cárcel estaba en condiciones de hacer la misma comparación.”

Asín é.

Eduard puede ser un nazi hijo de puta, un mamarracho envidioso, un cabeza de alcornoque, un vendido, un chaquetero, un machista, un desagradecido y un macarra de Read more…

EL HOMBRE QUE FUE JUEVES Gilbert K. Chesterton

Triple salto mortal, séxtuple pecado venial

 

Si después de enterarte de que el personaje de Brad Pitt es el alter ego del de Edward Norton, te dijeran que también lo era del de Helena Bonham Carter, podrías responder “¿y por qué no el de Jared Leto también? ¡Y el de Meat Loaf! ¡Todos! ¡Y el maquillador! ¡Edward Norton hizo él solo la película, corriendo como un descosido de un lado para otro!” y no se te podría reprochar nada. Bueno, sí, de tener conversaciones un poco raras, pero nada más.

He ahí el logro.

Gilbert Keith Chesterton se parece a David Fincher lo que el Empire State Building a un montadito de melva, sin embargo podría haber sido un perfecto y majareta Terry Gilliam. El truco está en perseguir la sorpresa ahí, a tope, sin dejar de rozar el absurdo. Es muy probable que por esa razón el protagonista de esta novela sea poeta de profesión (de la otra profesión, me refiero), porque de esta manera, se puede comenzar con buen pie una historia que va a hacer rodar con locura y frenesí al protagonista, junto a sus colegas de farras, por media Inglaterra, media Francia, y vuelta.

el hombre que fue juevesAdemás de forma fresquita, muy moderna, llena de giros sorprendentemente actuales y con insultos de lo más sugerentes (“Hipócrita abominable” “Bufón insensato”), con salidas de lo más inesperadas (“¿Por qué será, Gregory que me parece usted un excelente muchacho? ¿Por qué sentiré tanta simpatía por usted? ¿Será porque es usted un formidable asno?”) y diálogos de lo más agudos e hirientes ( –Me merecería muy pobre opinión un hombre que no tuviera en el fondo de su ser alguna cosa más seria que toda esta charlatanería que dice uno, así sea la preocupación religiosa o siquiera la afición al vino. –Es usted religioso? –¡Hombre! ¡En estos tiempos todos somos católicos!).

El disparatado Gilbert K. es capaz de poner en pie una novela cuerda (TERRIBLEMENTE cuerda) usando una serie de elementos aparentemente salidos de la manga de un sombrerero loco, dispuestos aparentemente a la buena de Dios, y resueltos aparentemente sin precaución, orden o concierto. Nada más lejos, insisto, del verdadero núcleo de la novela: una reflexión concienzuda sobre el verdadero orden del mundo, la cara que se le supone al bien y al mal, lo fútil de cualquier criterio basado en principios transcendentes, la estrecha relación (incluso la identificación) entre todos los opuestos y, finalmente, por ir acabando, la coexistencia de todo lo que compone el universo dentro cada una de nuestras cabezas como si de una centrifugadora de miedos, esperanzas y pesadillas se tratara (y de hecho es de lo que se trata ¿no?).

Súmesele a esto que los personajes se comportan de la misma manera que Johnny Depp en Miedo y Asco en las Vegas, que Robin Williams en El Rey Pescador y que Heath Ledger en El Imaginario del Doctor Parnasus.

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EL HOMBRE DEMOLIDO Alfred Bester

Ruedas casi redondas

 

Seamos honestos: las buenas cosas se consiguen a mamporro limpio, a base de endiñar porrazos, leñazos y castañazos. No a los demás, jodíos bestias, sino de uno mismo contra el resto de las cosas. Como una noche de borrachera al entrar en casa, vamos.

demolido_preview_0Así se llegaron a conseguir las ecuaciones de Schrödinger para la mecánica cuántica, las especificaciones técnicas para los impulsores de cohetes de los transbordadores espaciales y las mejores recetas de crema catalana: a base de tropezar una y otra vez contra los propios errores, de intentar cosas nuevas y descabelladas, que resultaran porquerías de esos intentos, sobre todo en el caso de la crema catalana, y que se aprendiera de ello. Es el típico caso de feedback, retroalimentación en traducción libre, o dardecomerpordetrás, en traducción literal.

Las estructuras de muchas de muchas historias fantásticas con las que hemos gozado en los últimos quince años tienen su origen en intentos tan logrados como este de Alfred Bester, cuyo principal reconocimiento, al poco de publicarse, fue ganar el primer premio Hugo de la mejor novela de ciencia ficción que se otorgó, allá por 1959; algo así como ganar el primer Óscar a la mejor película de la historia.

La historia empieza como un capitulo de Colombo, es decir que nos dan la tralla al contar cómo Ben Reich traza su crimen, por qué lo quiere llevar a cabo, y cómo se perpetra este; mucho antes de que la verdadera acción comience y entre en escena Lincoln Powell, el especial detective que debe resolver y atrapar al criminal. Lo que pasa es que, en realidad no nos dan la tralla, sino que nos van sorprendiendo con cada uno de los aspectos del fascinante asesino, un atractivo multimillonario de gran personalidad, obsesionado con el poder absoluto y que, sin embargo, no es capaz de dormir como dios manda ni de despertar sin un grito de esos que te encogen el escroto. Otra de sus limitaciones es que no es capaz de leer la mente, el muy pringado, en un mundo en que existen ésperes por todas partes. Claro: no sabéis lo que es un ésper. De dónde habéis salido vosotros, puñado de… gente corriente.

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CONVERSACIÓN EN LA CATEDRAL Mario Vargas Llosa

La perrera, según los perros de afuera.

 

Él era como el Perú, Zavalita, se había jodido en algún momento. Piensa: ¿en cuál?

Pregunta del millón que define en un pispás de qué trata este enoooooorme libro. ¿En qué momento se jode uno? ¿En qué momento se jode todo? Setecientas veintisiete páginas para descubrirlo a mamporro de prodigiosa literatura, setecientas veintisiete páginas donde se aprietan y arrempujan veinte años de la historia de un país, la vida de una docena de personas y personajes, la muerte de tantos y tantos, y las emociones, impulsos, pensamientos y mentiras que han movido al planeta desde que es planeta, desde que es un pozo de orines.

imagesEstá todo ahí, resumido como en el remolino del agua del váter, en el centro de un agujero negro, y esparcido como la gripe por la atmósfera global: a Vargas Llosa le endiñaron el Nobel con tres décadas de retraso, chaval.

Las casas de Chorrillos con cubos con rejas, cuevas agrietadas por temblores, en el interior hormiguean cachivaches y polvorientas viejecillas pútridas, en zapatillas, con varices. El centro del agujero negro es Lima y entre sus barrios discurre la mayor parte de la historia de sus personajes, no toda, porque el Perú es tela de grande y con un botón de muestra, ni nos vale a nosotros ni le vale Mario. Puede que no consiga el objetivo, habría que ser peruano, versado en la materia y un rato pedante para poder dar fe de que, lo que Vargas Llosa cuenta, no es mentira, o al menos no es una mentirijilla piadosa con fines literarios. Tanto da, no porque ser infiel a la historia de un lugar sea bueno o malo, sino porque ser fiel a la historia de las almas de los parásitos humanos que poblamos la bola de barro es cuestión harto compleja de explicar, de difundir y, sobretodo, de hacer entender.

Las setecientas y pico comienzan con un día cualquiera de la vida de uno de los dos protagonistas centrales. El cielo sigue nublado, la atmósfera es aún más gris y ha comenzado la garúa: patitas de zancudos en la piel, caricias de telarañas. Pero ese día Santiago Zavala, Zavalita, el flaco, se va a tropezar de cara con el pasado que ha intentado rehuir cuando se cruce con el chófer que antaño manejaba el auto burgués de su padre, el gran empresario del Perú. Ahora es un empleado roñoso de una perrera donde casualmente ha acabado el perrito de la esposa de Santiago. La perrera será el perfecto símil de arranque para la novela, pues así se siente Zavala, así siente que se siente Perú. O al menos que así se sintió durante los ocho años de dictadura del General Odría, un periodo que abarcó los mejores años de su vida, en la universidad, en el partido clandestino y rojete en el que se escondió del dinero de su familia y encontró el amor, y el desamor, y la camaradería y amistad y el desengaño, pero sobretodo se chocó de cara y por primera vez con ese inconformista que (casi)todos hemos llevado dentro con esa edad y que resulta al final que yo pasaba por aquí pero no tengo mucho que ver con estos desarrapados, señor policía, arréele el estacazo al hippie ese y déjeme tranquilo que usted no sabe quién es mi papá.

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LOS MARES DEL SUR Manuel Vázquez Montalbán

Vacaciones de tanto recuerdo.

 

“Hay cosas que son contra natura. Tratar de huir de la propia edad, de la propia condición social lleva a la tragedia. Piensen en eso cada vez que tengan la tentación de marcharse a los mares del sur.”

No lo digo yo, lo dice Manuel en esta novela de Pepe Carvalho. Y de eso trata principalmente. No es ningún spoiler ni nada: si ahora se destripa un buen libro citando una sola frase menuda mierda de libro. Vázquez Montalbán escribe uno muy correcto con este, y si tiene algunas pegas son culpa de Carvalho, no de Manuel.

los-mares-del-sur-manuel-vazquez-montalban-daa-3034-MLM3919005607_032013-FEl detective catalán sólo consigue despegar a un tercio de esta novela negra, eso sí, cuando despega llega a todos los rincones donde debía llegar. Y a algunos más, que si sobran no es culpa de Carvalho sino de Manuel.

La historia arranca tipo capitulo de House, desplazando el foco hacia un personaje simpático que no vuelve a salir pero que introduce putamadre, tú, todo un logro para la literatura española de consumo a principio de los ochenta. Después decae un poco, no por culpa de Manuel, ya lo he dicho, sino de Pepe Carvalho, que de repente parece tener la necesidad de presentarse y de plantear su propia línea argumental, cosa de la que, me parece a mí, había poca necesidad, incluso cuando no todo el mundo supiera quién era el correoso Carvalho en el momento en que se publicó la obra.

Otro culpable del pequeño declive, esta vez sin apellidos, es lo manido del género a estas –nuestras- alturas pero, claro, para principio de la década de la movida… Qué le hacemos, si es que las historias de detectives, a pesar de ser españoles –o catalanes, para los tontos que gusten de este tipo de distinciones- empiezan con un crimen, el de un pijo llamado Carlos Stuart Pedrell, en este caso, después siguen con la presentación de los personajes principales, su exmujer, su socios, su amante, su secretaria y todo eso,  y luego  continúan distribuyendo al tresbolillo, cual lunares en un traje de gitana o cual pedazos de caca tras arrojar la mierda al ventilador, las pistas que el detective -y el que lee- deben seguir.

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CORAZÓN TAN BLANCO Javier Marías

Engastando miguitas de pan.

 

Habrá quien diga que no se puede ser joyero y personaje de cuento infantil a un mismo tiempo.

Quien lo diga no tiene ni idea, primero, de que hoy día se puede llegar a mezclar cualquier cosa con cualquier otra cosa, una salsa marinara de almejas, por ejemplo, con embalaje de poliuretano, y que resulte lo que resulte, igual vas y terminas montado El Bulli II, ni tampoco tiene idea, segundo, de que existe Javier Marías para hacer algún milagrete que otro.

portada-corazon-tan-blanco“Corazón tan blanco” habla sobre lo que no se sabe pero se quiere saber, o más bien sobre lo que no se sabe si se quiere saber, porque ya se sabe que una vez sabe, a veces,  se preferiría no haber sabido nunca. Mejor vamos poco a poco.

La novela arranca con un pasaje del pasado del protagonista, tan pasado que tiene lugar años antes de su nacimiento, cuenta con la intervención de su padre y tiene influencia directa en este, en su nacimiento quiero decir, todo así de repente, sin prevenir al lector, pero haciendo advertencia mediante el tono que este pasaje va a tener importancia capital en el conjunto de la trama, vamos, como en un best seller pero bien escrito.

Después Marías se pone manos a la obra y relata una anécdota que le ocurrió al protagonista durante su viaje de bodas, en la Habana, con una sensibilidad y una maestría de esas que Javier sabe usar cada vez que quiere. Esto de la luna de miel tiene su peso en la obra, ya que la gran pregunta que se hace el protagonista a sí mismo durante gran parte de la novela es, en realidad, una pregunta que su padre, hombre de éxito, maduro atractivo, sabio, simpático y con don de gentes (no sé cómo no es él el protagonista, coño, dan ganas de comérselo) le plantea antes de la ceremonia de enlace: “Ya te casaste ¿Y ahora qué?”.

No me digas que la pregunta no tiene mala follá, sobretodo si te la hace un arrebatador Sean Connery, con su mirada penetrante y su sonrisa daleada. Para quedarse rallado toda una novela y parte de otra, vaya.

Acto seguido el protagonista por fin cobra protagonismo mediante el relato de las circunstancias en las que se conocieron su esposa y él, ambos traductores simultáneos en las Naciones Unidas, durante el encuentro privado entre dos altos mandatarios internacionales, con un inicio del episodio que deja perplejo y termina sorprendiendo por la ocurrencia y audacia del protagonista y del escritor.

La calidad de la literatura de Javier, por si hasta ahora no se conocía con seguridad la opinión del Cochinoespín, es de unas cotas que a veces hace que uno se orine encima.

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