La meada irresistible contra el water inamovible

Esto es como si te lías a ponerle lazos, broches y ribetes a un modelo de Prada de dos mil euros, que ni hacía falta ni nada: ni lo mejoras ni dejas lucir lo que ya existía. Aunque, quizá, la culpa sea ya tuya desde el principio, por gastarte dos mil euros en un modelo de Prada, hay que ser capullo.3515m2s_zps801ec60d

Philip José tuvo una gran idea al imaginar todo el universodelMundo del Río en “A Vuestro Cuerpos Dispersos”, la novela con la que se inicia esta serie: un planeta de un tamaño inmenso, con un río largo larguísimo, que alberga a una Humanidad que ha resucitado allí, toda a la vez, un buen día, después de haber muerto en la Tierra. Y cuando digo toda la humanidad quiero decir toda: por allí deben andar Lola Flores, Torrebruno y Lech Walesa (¿Torrebruno se considera “Humanidad”?) De hecho, en la novela precedente el protagonista era Sir Francis Richard Burton, el explorador real que buscó las fuentes del Nilo. Tal y como insisten en mencionar en las contraportadas de cada volumen de la serie “todos los personajes son o han sido reales. Si el nombre de usted no se cita no significa que no esté ahí.”

La obra predecesora se consideró mejor novela del género en 1972 porque sin duda contaba con una serie de virtudes indiscutibles: se planteaba un universo de enormes posibilidades pero con unos límites autocontenidos desde el mismo momento en que se aseguraba que cada uno de los resucitados en el Mundo del Río son personas reales. Eso no sólo permitía explorar la personalidad de gente que verdaderamente había existido en un escenario completamente imaginario (con todos los atractivos que eso implica, quién no fantasea con plantar a su estrella favorita real del cine en un imaginario escenario compuesto por una cama imaginaria, ropa interior imaginaria y lubricante imaginario) si no que, además, encontraba salpimentado el planteamiento con un misterio: ¿y a cuento de qué han resucitado los treinta  y tantos mil seres humanos que han existido a lo largo de la Historia en el cesped, a la orilla de un río, desnudos, con víveres que se renuevan tres veces al día mediante un sistema de entrega automático y libres para darse leña entre ellos en un planeta donde no hay mosquitos ni otros insectos molestos? ¿Eh, a cuento de qué? (tengo que dejar de usar frases tan largas).

El planteamiento era, en sí mismo, el límite del contorno, que es lo interesante de todo planteamiento: el contorno, ninguna marca de pizzas rellena el centro de la masa con queso sino el borde.

Estaba bien para un sólo volumen, sobre todo si no desvela el misterio, sólo  juguetea con él. Y es que, admitámoslo, la idea es buena, pero también es inmensa, demasiado grande para meterla en una novela ¿Cuál es, en ese caso, el plan más sensato? Pues, ya que no dispones de más extensión que la que ocupa un libro, pues tampoco intentes rellenar cada uno de los centímetros cuadrados de la pizza. Y así dejas el resto a la imaginación, que quizá es lo que cuenta, mira lo bien que le salió a George Lucas, que mencionó, en su primera película, tres planetas y medio de entre la totalidad del imperio galáctico; el resto, ea, ahí te las apañes, que es lo bonito al fin y al cabo.

Y así fue con “A vuestros cuerpos dispersos”. Luego Philip José decidió continuar y completar la historia. Cuidao, no digo que no tuviera pensado algo bueno para el final, sólo digo que desarrolló la idea en varios libros (tres además del primero) pero quizá no de la manera más oportuna.

¿En qué no acertó? En lo que se refiere a este segundo volumen, “El Fabuloso Barco Fluvial”, no acertó al dejar el final como un continuará tan descarado, falló al no aprovechar la ocasión de retratar con finura y agudeza a Mark Twain, que es el protagonista y se equivocó al desplegar una trama que parece una partida cualquiera del Age Of The Empires, con tribus de Vikingos, una facción liderada por el verídico rey Inglés Juan Sin Tierra, y con un una población de negros hechos una piña en su misión de autoexcluirse del resto de la sociedad. Entre otros. Lo único que, según Philip José, importa y, según él, debe guiar la trama, es la obsesión de Samuel Clemens (el verdadero nombre de Mark Twain) por construir un barco de acero en un planeta donde no hay hierro, asociándose por el camino con Cyrano de Bergerac, con Mozart y con Ulises. A los cuales, por cierto, se conforma con mencionar y poco más, sin desarrollar las fantásticas posibilidades que se le ponían por delante.

tfrdrY lo peor de todo: no sólo ignorar los elementos reales con los que podía haber tejido un maravilloso tapiz, si no inventar elementos nuevos que nunca existieron y nunca existirán, como pueda ser un batacitor -una imaginaria pila gigantesca donde almacenar corriente eléctrica, con el quebradero de cabeza real, técnico y político, que lleva siendo la verídica batería Tesla durante los últimos años- o la introducción de un personaje fundamental para el argumento como es el Titántropo, una protoespecie gigante de humano que nunca ha existido -con la oportunidad semi adicional que ofrecía el asunto para definir qué es un humano y cuál se pudo considerar el primer humano de entre todos lo homíninos de la Historia-.

Resumiendo. Que Famer fabricó un fabuloso y flamante water de proporciones faraónica y luego, dejándose llevar por el irresistible canto de las sirenas del sentido de la aventura aventurera, sin trabas ni riendas, fue y falló la puntería de la irresistible meada.

El Cochinoespín opina que muy currado debe estar el final de la serie para que se justifique tamaña escabechina literaria, pero, oye, por ilusión y votos de confianzas no será, total, ya nos zampamos en su día la serie del Mundo Anillo y la tetralogía de Rama.

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