Las pijadas del gato muerto

No es lo mismo ver un plastiche de Bruce Willis que una peli de acción con Joseph-Gordon Lewitt imitando los gestos y muecas del pamplinas de Bruce, precisamente porque interprete en “Looper” al mismo personaje que Willis pero más joven. Ni es lo mismo jalarse una ñoñada de Spielberg que echar un buen rato comprobando como J.J. Abrams realiza un homenaje actualizado a E.T., mezclando el estilo de Los Goonies y de El Templo Maldito, a lo largo de todo el metraje de Super 8.

Pasa algo así, pero al revés, cuando caes en tus propias muecas y ñoñerías al intentar hacerte a ti mismo el homenaje. Y además con más pena.

Y no digo que no sea merecido el homenaje que se acaba haciendo Salinger, por mucho que  se considere poco educado hacértelo a ti mismo, sólo digo que, si no te sale, pues no te sale. Y además da pena.

Este libro contiene, como cualquiera que no tenga un lomo adobado por cerebro supondrá ya, dos cuentos.

«Levantad, carpinteros, la viga del tejado» es un descargarelato que justifica todo lo bueno que se dice a cerca de Jerome David (por lo visto, eso significa J.D.). Tiene una de esas estructuras esquivas que saben crear los literatos consumados, va depositando los puntos de referencia siempre fuera de los nítidos y artísticos encuadres con los que enfoca la acción, sugiere unas doscientas cincuenta y cuatro veces más de lo que cuenta (aproximadamente), salpica de originales detalles magistrales la narración y mantiene sin descanso la pauta y el pulso.

Todo eso. Conozco a menos de quince personas que saben hacerlo, y yo conozco a mucha gente: tengo a más de doce amigos en Facebook.

«Levantad, carpinteros, la viga del tejado» tiene por protagonista a Seymour (sí, el mismo que da título al otro cuento del que se compone libro) quien, como todo lo importante del relato, queda bastante fuera de foco, quedando la acción continuamente centrada en su hermano, el narrador. Seymour es uno de esos tíos máquinas fuera de serie que mantiene encendida la llama de la fe en la humanidad, uno de esos tíos a la que no se le da la importancia que se merece a pesar de que ellos solitos, por sí mismos, ya logran marcar huella en todo lo que tocan y parte de lo que no. Sin embargo, fíjate qué casualidad, sólo los más allegados como sus hermanos, son concientes de esa condición (la casualidad se explica en el otro relato). Para el resto el tío sólo parece un excéntrico tarado, y si no para el resto, por lo menos para la familia de la novia a la que deja tirada en el altar, una familia con la que su hermano se ve obligado a lidiar al ser su único representante presente en la boda, no hay otros parientes. Tampoco es que Seymour fuera ya haciendo amigos antes de la fallida boda, con ocurrencias como la del comentario a su futura suegra durante una cena, cuando dice que “le gustaría ser un gato muerto”. Y también está el deslumbrante hermano narrador, con frases como “con un cuarto de whisky, por lo general, me descompongo violentamente o me pongo a escudriñar la habitación en busca de incrédulos”. Sencillamente brillantes. Ambos personajes. Todos, en realidad.

El delicioso relato, de noventa y dos páginas, eso sí, se desarrolla básicamente en un par de escenarios pero los personajes van haciendo volar la historia mientras el mago J.D. ilumina brillantemente ciertas partes del puzzle, las contiguas a las piezas primordiales, dejando una picante incertidumbre en las zonas sombrías de alrededor. El hermano de Seymour defenderá a su hermano y sabrá finalmente dar a entender, al menos en parte, lo especial que es. El relato es simplemente magistral: evoca oblicuamente a una realidad paralela donde residen las verdaderas esencias, ocultas a los ojos mortales. Y a los míos también. Al fin, es un relato cuyo estilo es tan completo que permite que se asienten las bases del universo sobre él y se permite jugar consigo mismo continuamente.

 «Seymour: una introducción», sin embargo, es una vuelta de tuerca sobre otra que desvirtúa todo lo dicho hasta ahora. Si Seymour había parecido un intelectual con percepciones zen fuera de lo común, en esta segunda parte -una inventada introducción a una inventado compendio de poemas- su hermano deja claro (aunque su intención no sea esa) que el zagal, más que un intelectual, era un rarito de cojones. Igual que él. Que su condición, más que el resultado de una naturaleza extraordinaria, era la consecuencia de mezclar una infancia elitista, una educación exquisita y una tendencia enfermiza a la excentricidad; un conjunto de cualidades que su hermano se ve obligado justificar recurriendo a una devoción casi reverente por un familiar que simplemente tuvo los huevos (o la inconsciencia, más probablemente) de vivir rápido sin dar explicaciones de sus extravagancias y dejar una marca indeleble de culpabilidad freudiana en los pijos de sus familiares, quienes no creen llegarle  ni a la suela de los zapatos pero, por supuestísimo, son infinitamente más cultos que el populacho medio, esa chusma a la que se permite llamar el escritor de la introducción “querido lector”, “viejo amigo” y otras torpes zalamerías condescendientes por el estilo.

descarga (1)No se me entienda mal: no sólo me parece muy lícito comentarle a tu suegra que te gustaría ser un gato muerto durante una cena, sino que me parece moralmente obligatorio en ciertos casos. Si eres un personaje de Salinger es, de hecho, inevitable, tanto como que la banda sonora de Super 8 tenga reminiscencias de la que John Williams compusiera para E.T. o de aquella otra de los Gremlins.

Pero todo homenaje a un universo literario (con más acento en lo de literario que en lo de universo) debe dejar sin decir lo que más cuenta, y este segundo relato del libro, en lugar de extender o desarrollar con tino lo que ya se insinuaba sensacionalmente en el primero, lo que consigue es descubrirnos que el creador es víctima del motor de sus historias, el cual no es otro que una obsesión -típica de pijo aburrido- por un hermano especial que tampoco lo fue tanto, y con cuyas meadas fuera del tiesto se identificaba tanto que se vio obligado a aprender a escribir magistralmente para que el resto del mundo se viera forzado a comprender sus payasadas de pijo aburrido y sus elevadas percepciones poéticas.

Otra vez el mismo fiasco de Holden Caulfield en «El guardián entre el centeno», vaya.

En fin, que cada cual.

Pero el Cochinoespín considera que todo lo maravilloso que se erige en las primeras noventa y dos páginas acaba destrozado con intereses en las ciento seis siguientes. Todo sigue siendo literatura, de cualquier manera. Hala. Adelante.

 

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