La estrella en el hueco redondo

Te puedes tomar un cucurucho de helado mientras aguantas un temporal de granizo bajo un paraguas, en medio de una plazoleta donde corra mucho el aire. Y puede hacer sonar en tus auriculares la discografía completa de los Beach Boys a la vez que te deslizas con eskíes ladera abajo, atravesando una bruma gélida que te deja las gafas escarchadas.

Como poder, puedes hacer cosas raras porque eres libre y porque, qué coño, para que hagas esas frikadas murieron todos esos seres humanos en guerras reivindicativas a lo largo de la Historia, no vamos a faltarles a la memoria. Pero no por eso dejan de ser cosas raras.

No queda más remedio que admitir que hay cosas que encajan mal.

Lo bueno, por lo menos en el caso de este libro, es la elección de los dos protagonistas.9789875669345

Uno es El Nene Brignone, chulo, macarra, violento, peligroso y chorizo, “flaco ágil y liviano” en palabras de Piglia, escritas en la página uno de la novela. El otro es Dorda el Gaucho Rubio, volado, sonado, drogado, y “pesado, tranquilo, con cara rubicunda” como describe Ricardo en el mismo párrafo.

A pesar de ser dos majaras igual de volaos, sin esquinas por donde cogerlos, cada uno va mostrando, poco a poco, ser de su padre y de su madre conforme pasan las páginas, con sus necesidades y maneras de ver el mundo, con sus propias manías y disparates alucinados, cada uno con una manera distinta de partir cráneos y de reventarle la boca a los pobrecitos con los que se  van cruzando.

Esto no es lo único bueno, por supuesto. Los dos personajazos estos se enfrascan en una atraco y una huida que sucedió en realidad, entre Buenos Aires y Montevideo, en septiembre y noviembre de 1965. La historia la escuchó entonces Ricardo vagamente en los periódicos y poco después, cuando se cruzó en su vida durante un viaje en tren, en forma de muchacha enganchada y parlanchina, en 1966. A lo largo de tres años la investigó y escribió algunos borradores, pero en 1970 la abandonó. Supongo que durante esa época la historia tenía un sabor y una idiosincrasia propia y particular, si es que las historias pueden tener de eso.

Luego, en 1995 Ricardo se topó de nuevo con sus notas y decidió reescribirlo todo desde el principio, usando todos los saberes que había acumulado a lo largo de treinta años. Supongo que también acumuló grasa en los michelines y cabellos en el peine, no porque Piglia sea especialmente gordo o calvo, si no porque, con la edad, todos lo hacemos. Esto último es una obviedad que a todas luces sobra, pero esto lo escribo yo, y pongo aquí lo que quiero.

Cuando la novela se publicó fue un bombazo, no sólo por el tirón de todos los detalles que ya se mencionaron, también por la excelente pluma del argentino Piglia, que desgranó el relato jugando magistralmente con la jerga macarra y cambiando de registro según el corte del que se tratara: las referencias a artículos de prensa que escribe uno de los personajes periodista parecen recién salidos de la redacción de diario, mientras que los detalles reunidos por el inspector Silva se hilvanan como salidos de un informe policial.  Todo ello sin hacerse un lío, al contrario, controlando como un campeón, mezclando y remezclando los tonos de las diferentes partes, en la mayoría de los casos sin solución de continuidad y sin avisar, el muy traidor. El ritmo va creciendo en la primera mitad de la obra hasta galopar a partir de ahí, sin bajar del caballo salvaje y logrando demostrar cómo se crea nueva literatura a golpe de espuela, manipulando la rienda bien entrenada.

2013111912410350856Para entonces, el mismo Piglia admite que la historia había adquirido un regusto distinto, un sabor a leyenda con sus propias luces y tonos.

Con esta novela Ricardo le dio un impulso a la forma de contar historias en los años noventa. Del siglo pasado, despistao, no va a ser de este. Y también en los noventa la historia usó con una estructura imposible de imaginar treinta años antes.

Y ese es el tema, que ya estamos en este siglo , el producto se consumió, se imitó, se desarrolló y se usó de apoyo para saltar al siguiente escalón, que fue, yo qué sé, Matrix o las novelas de templarios o una cosa de esas. Y hoy en día el libro sabe raro, sus enfoques han quedado asociados a una época diferente de la presente, diferente precisamente en cosas como esos enfoques.

El tiempo dirá si el renombre de Ricardo por este libro está justificado, es decir si sentó precedentes de algo grande y reconocible desde la distancia, o si pegó el pelotazo y definió, tal vez y en todo caso, una década, curiosamente distinta de aquella en la que se desarrollaba la historia.

El Cochinoespín reconoce al gran escritor que hay detrás de la novela pero no ha podido de dejar de sentirse igual que cuando ve a su sobrino de dos años intentar encajar la figura de la estrella en el hueco del círculo

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