Hasta el infinito por sus cojones

El cerebro de este tío es un agujero negro, imagínense cómo tendrá el ano.

9788483835623Una vez dicho esto va a ser cosa de admitir que la entrada no ha sido muy apropiada, pero es que no me he podido resistir. Y precisamente de eso va la cosa: Haruki no se puede resistir. Cuando se dispone de una mente recurrente hasta la obsesión, bien entrenada y con las ideas claras, el cerebro se te transforma, cual desván de una artista folclórica, en un batiburrillo de chismes decorados llamativamente, todos versados sobre materias similares, con la capacidad de originar lo mismo un dolor de cabeza agudo que la sensación de que el mundo es un agujero negro perfectamente ordenado de la A a la Z, o al menos hasta la R.
Una novela de Murakami es siempre, en mayor o menor medida, un muestrario de este fenómeno, acelerado por su falta de resistencia, apenas refrenado por la disciplina obsesiva del autor.

After Dark cuenta con los elementos primordiales de su literatura, verbigracia la alternancia de narraciones, cada una ambientada en decorados de variada conexión con la realidad, los cuales se tocan sutilmente, mezclando apenas elementos de cada uno de esos  mundos. O los ritos de paso de la adolescencia, que tanta sustancia proporciona a cualquiera que guste de echar la vista tras e imaginar en qué momento se bifurcó la propia biografía. O esa verborrea sencilla, rayana a veces en la ñoñería mojigata, tan propia de las producciones japonesas, tanto como la tendencia a dejar suspendidas en el aire las conclusiones de varias de las líneas simbólicas con la que se trenzan los argumentos principales. O las referencias a un entorno orgánico en el que la Madre Naturaleza siempre termina por aparecerse susurrando acertijos animistas.

Pues bien, esta última, quizá, sea la principal ausencia en After Dark. Y digo quizá porque el entorno orgánico está en forma de paisaje urbano, nocturno e iluminado por los reflejos de los neones sobre las pupilas, un conjunto de brillos destellando a ritmo de jazz.

after-dark-haruki-murakami-L-OuROe7Sobre esta novedad van girando los símbolos y los diálogos, a lo largo de una escasas doscientas cincuenta páginas, de forma amena y ligera, mostrando la acción que se sucede, en diferentes puntos de la ciudad, a lo largo de toda una madrugada. Se van desgranando los componentes que definen las vidas de los diferentes personajes, rozando a veces esos abismos en los que se sumergen algunas almas. Todo ello mostrado, sin adoctrinar. Los párrafos más inequívocos (y también extraordinariamente escasos) son del estilo del siguiente: “¿Sabes una cosa? El suelo que pisamos parece muy firme pero, a la que pasa algo, se te derrumba de golpe. Y a la que te hundes, sanseacabó. Ya no hay vuelta atrás. Luego lo único que te queda es ir viviendo sola en el mundo de abajo, entre las tinieblas.”

haruki_murakami__after_dark_by_darkerianneExiste, sin embargo, otra particularidad en esta narración: los fenómenos y motivaciones de las personas que pueblan la narración se van desvelando desde una cámara móvil imaginaria que el narrador va moviendo libremente por el espacio y el tiempo con la complicidad del lector, como si la novela entera tuviera vocación de guión adaptado. De esta manera, Haruki pone un recién estrenado estilo cinematográfico a la misma altura de su ya famosa afición por la música. Y lo hace a la fuerza, pues te obliga, de muy buenas maneras, eso sí, a que veas lo que él considera que debes ver, a que sepas lo que él considera que debes saber. El imperativo se desboca con la sutileza de una catana de papel de arroz: “Nosotros lo sabemos”, dice refiriéndose al narrador y a nosotros mismos, los lectores “pero no estamos autorizados a intervenir. Observamos desde arriba la figura de la muchacha tendida en la cama. Nuestra mirada se va retirando gradualmente. Atravesamos el techo, retrocedemos deprisa. Retrocedemos hasta el infinito”.

Tiene tela. Hasta el infinito tienes que retroceder. Por sus cojones. Menos mal que el tío te lo pide bien o, al menos, eso te hace creer, con sus literatura seductora y sus lisonjas espirituales cómplices.

Y yastá. No hay mucho más.

Haruki sigue sin desvelarle a sus detractores si se hace el japonés sólo por el gusto de tocarles las narices. Y, por supuesto, sigue sin descubrirnos a sus seguidores si es merecedor de ese guiño entrañable que insistimos en devolverle o si, por el contrario, nos tiene engatusados con su labia y su cara de niño bueno.

El Cochinoespín te invita a que te no te resistas y te dejes caer en su obsesivamente ordenado agujero negro: así, si nos equivocamos, nos equivocamos todos.

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