Don Quijote por Macondo de camino a la diana

Ooootra de la Guerra civil española.

O eso parece. Pero no. Ni siquiera parece oootra de Delibes, que pocas veces variaba las trayectorias, certero como un escupitajo del jinete pálido.

Al principio pinta como un coñazo: Gervasio García de la Lastra es tan sólo un chavalín cuando comienza la novela, sobrino de un militar retirado y nieto de un soldado de las Guerras Carlistas, un par de mamarrachos que marcan el compás de su infancia. Reside, miguel-delibes-madera-de-heroe-tapa-dura_MLA-O-131266401_4065con la naturalidad única de un niño, en el gran palacete de alto abolengo que despunta sobre el skyline del pueblo norteño donde se desarrolla la primera parte de la obra. En ese caserón convivirá con toda su familia de alta alcurnia, una tropa de señoritos y su correspondiente escuadra de criados, de entre los que únicamente despunta la liberalidad de su propio padre, un naturalista que gusta de tomar baños alimenticios de sol y majaderías ecológicas similares. Obviamente su viejo será el único que dé la nota entre tanto pijo acomodado, defendiendo el punto de vista de la República. Sin embargo no parece ooootra de Delibes porque Miguel, de tendencias rojas, prefiere ponerse del otro lado para contar esa historia, utilizando para ello una de las mejores armas que siempre poseyó: la perspectiva inviolada e inocente de los niños, contaminada sólo por el pragmatismo miope y la religión de los mayores. Sumergido con ingenuidad en este pantano de autocomplacencia y derechos divinos, e impregnado por tufillos leyendarios, emergentes a causa del principio de olvido que siempre termina envolviendo toda campaña bélica con el paso del tiempo, el bueno de Gervasito está tan sugestionado, el pobre, que sufre un erizamiento agudo de los pelos del cogote, en un principio, y del resto de la mollera, si le dan oportunidad, cada vez que se enardece al escuchar el ritmo de las marchas castrenses. Al niño es ponerle un disco con fanfarrias y tambores y lo siguiente es verlo hecho un erizo de tierra. Si, ya, por eso decía que pinta como un coñazo. Pero qué va. Sólo un poco pesada, tal vez. Merece la pena (una vez que has empezado el libro, claro, no iremos a desanimarnos ahora por algo tan tonto ¿no?) esperar un poco y ver la prodigiosa letra de Miguel consiguiendo darle tintes de realismo mágico al asunto de la familia parapetada en su caserón, reviviendo época pasadas inexistentes y, sobre todo, al asunto del erizamiento del vello del cogote. Coño, que a veces consigue que, hasta un español con el olfato traumatizado a base de deglutir con embudo historias de la Guerra Civil con el mismo asquito con el que se podría masticar un bocadillo de pelos, piense que está en la afueras de Macondo.

Lo segundo que merece la pena (y que, paradójicamente, es lo mismo que hace sentir un poco pesado el inicio) es la prosa del Delibes, en un perfecto idioma español, de hace treinta años, eso sí, lo que no rebaja nada la categoría de “perfecto español”, a ver cuánto de nosotros sabemos usarlo.

Como no hay mal que por bien no venga, centrarse un poco en la lata que pueda suponer el farrago lingüistico y la pedante elección de los términos ayuda a no prestar atención al cambio de tercio en las personalidades de los protagonistas de la segunda parte. Y tampoco es que cambie tanto porque, aunque los amiguitos de Gervasio ya comienzan a ser adolescentes, esa educación ripipi y casta del protagonista sigue impregnándolo todo de cierto aroma pueril y cándido. Pero la venganza de Miguel por verse plantado al otro lado de las trincheras comienza a consumarse y, agazapada tras el relato de las catetas chiquilladas y las bravuconadas de los púberes, comienza a transparentarse la verdadera intención del libro. Los últimos retazos de realismo mágico sirven para camuflar la exposición, que de otro modo sería descarada, del doble rasero de los vencedores del alzamiento y de cómo hasta Dios, que va pegado con loctite a la bandera tricolor de La Patria puede hacer, llegados el caso, la vista gorda con el divorcio y demás herejías. Siempre de modo justificado, claaaaro, faltaría más.

9788423343119Es curioso cómo se mezclan en el personaje de Gervasio esos retazos de distorsión
mágica con la finura de la sátira encubierta, haciendo una llamada de la jungla a la que no nos extrañaría que respondiera un Quijote con el cogote erizado, obsesionado con las heroicidades de los caballeros andantes y archienemigo de unos gigantes rojos de los que no ha oído hablar más que de oídas. Sutil evocación de aires manchegos de los que sólo un maestro como Miguelito podía tirar con esa naturalidad para desarrollar el tono de la historia.

La tercera parte, supongo que por eso de ir acercándose al final, es la más realista y descarnada, a pesar de que el héroe de Gervasio, enrolado ya en la marina, sigue siendo beneficiario de las dispensas que consigue su abolengo y el de su familia (sobre todo su tío, atentos a Felipe Neri, personajón donde los haya).

Aquí por fin Gervasio se va a enterar de una vez qué es un héroe, para qué sirve, cuál es la otra cara de la moneda, cuál es el precio y, sobre todo y más importante, en qué bando batallan.

Hasta Miguel se olvida, llegados aquí, de su propias tendencias y del plumero que se le ve de higos a brevas.

La lección universal es para todos, personajes y lectores, una vez que Delibes hace diana en las últimas páginas.

El Cochinoespín sugiere leer otras cosas de Delibes antes que esta, pero asegura que se trata de un interesante giro de tuerca en la narrativa del escritor de Valladolid.

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