Mudos y regresiones.

 

Carson McCullers escribió un espejo enfrentado a otro y le puso un titulo tonto y anodino, digno de un telefilm de sobremesa de Antena tres. A pesar de ello es inevitable comenzarlo y no devorarlo con placer, gozar como un enano y aprender, de camino, un par de cosas.

Al poco de empezarlo me ocurrió una cosa curiosa. Primero me recordó, en su estructura y

exposición, a esa obra maestra de la fantasía que escribió Theodore Sturgeon llamada “Más que humano”, pero no tardé en asemejarlo a las creaciones de las autoras francesas más recientes, como Barbery o Gavalda, para, inmediatamente, sufrir las apariciones de algunos paisajes sureños, de primeros de S. XX, ya dibujados a lo largo de la obra de Faulkner. ¿Qué estaba pasando aquí? ¿Cómo podía evocar tantas cosas distintas un libro escrito por una muchacha en 1940? ¿Habría vuelto a abusar de los fritos y la mayonesa antes de tumbarme a leer?

La respuesta estaba en la propia historia que McCullers escribió y en cómo, sabiamente, lo hizo. Nada que ver con la mayonesa.

“El Corazón…” cuenta las historias cruzadas de cinco personajes. Biff Brannon es el introvertido dueño del “Café nueva York”, un cochambroso bar restaurante de un pequeño pueblo al sur de Estados Unidos que dirige junto a su esposa, con la que mantiene una relación tormentosa, una relación esta que, al verse truncada, hace despertar en el tabernero ciertos extraños sentimientos por una joven muchachita, casi una niña, que de vez en cuando aparece por el bar en busca de algunos dulces. Mick Kelly, esta muchachita, vive en la casa de huéspedes que regentan sus padres, y pasa la mayor parte del día cuidando de sus hermanos pequeños, soñando con un futuro lleno de aventuras y creaciones artísticas y ayudando a la criada negra que cocina para todos los huéspedes. El Doctor Benedict Mady Copeland es el tuberculosos padre de la criada de los Kelly, negro también, cuya instrucción en medicina y cultura, notablemente superior a la del resto de la población negra, lleva a hacerle despreciar en silencio a todos los ignorantes que perpetúan con su conducta las expresiones racistas de la sociedad. Algo parecido a lo que le ocurre a Jake Blount, un alcohólico comunista que viaja de pueblo en pueblo, sobreviviendo con trabajos temporales que le permiten pagarse el whisky y el material para los panfletos con los que intenta despertar las conciencias de los pueblerinos, cosa que, cuando fracasa (siempre), lo empuja a beber y despotricar por todo el pueblo, en general, y en el “Café New York”, en particular.

Todos estos personajes, profundos y repletos de fascinantes matices, giran su existencia alrededor del protagonista de la historia, John Singer, un mudo que vive en una de las habitaciones del hostal de los padres de Mick y almuerza diariamente en el “Café New York”. Allí, Jake Blunt, bocazas borracho, traba contacto durante uno de sus ebrios discursos, llenos de impotencia y rencor contra el mundo, e inmediatamente siente que ha establecido algún tipo de vínculo especial con el mudo. Rápidamente pasa a visitarlo cada vez que tiene ocasión en su habitación del hostal, una costumbre que todos los demás personajes adquieren, empujados por la misma sensación.

Y nada más. Prodigioso ¿a que sí? Carson Mc Cullers no necesita de más elementos para crear una narración que atrapa por su lenguaje fluido y hace reflexionar sobre cada una de las vicisitudes de los personajes, consiguiendo despertar reminiscencias escondidas en cada lector, parecidas a las que me despertó a mí, pero particulares para cada uno.

¿Cómo se hace eso? Me temo que con mucho arte y mucho talento. Y cuidándose mucho de no hacer apologías de ningunas de las perspectivas que presenta aunque no se le note este detalle en ningún momento, describiendo en neutro cada uno de los episodios y sabiendo llamar a la sensibilidad del que lee para compensar tanto “alejamiento”.

El resultado es una superficie especular donde nos podemos reflejar, y que incluye la imagen del mudo Singer, el cual, a su vez, sirve de espejo para cada uno de los demás personajes sin él desearlo, pues su verdadero interés está centrado en otro personaje que le hace las veces de espejo propio y particular. Y todo ello con la conciencia de que tres regresiones dan una perfecta idea de que la regresión, en realidad, es infinita, cuando no circular.

¡Y lo escribió con veintidós años!

¿De dónde saco esa muchacha tanta sabiduría?

El Cochinoespín no entiende cómo ha tardado tanto es leer algo tan fabuloso. Imprescindible.

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