Alfil come a Coronel Mostaza (y deja vivo a Forrest Gump).

 

Cuánta intriga, cuánto suspense y cuánta emoción, por no decir placer, producen los best-sellers policiacos e históricos contados con arte ¿verdad? Así, bien conducidos, entretenidos y absorbentes, con sus cosquillitas y su canesú ¿A que jí?

Una pena que Eco no haya escrito ninguno desde “El nombre de la Rosa”.

Y es que, en “El Cementerio de Praga”, lo que Umbertino logra es llevar al lector medio de aquí pallá, de habitación en habitación dentro de una metafórica Mansión del Misterio, siempre haciéndonos esperar que la trama policiaca tome cauces convencionales; y lo que consigue, entre otras cosas, es que uno trinque un complejo de Inspector Clouseau torpe y despistao.

Remarcado queda lo de “lector medio” y lo de “entre otras cosas”, ya que este complejo opera con fuerza exclusivamente sobre “lectores medios” ignorantes y ajenos a la historia europea del siglo XIX. O sea, sobre mí.

Ya, ya. Sí. Es mejor ir por partes.

Eco presenta en las primeras páginas -de un tocho de quinientas y pico- a un ENORME personaje, el Capitán Simone Simonini (pa matar a sus padres en día del bautizo, vamos), un anciano falsificador de informes que, según se nos cuenta, trabajó para las organizaciones de espionaje que pululaban por Europa durante la segunda mitad del S.XIX. Este se halla transcribiendo sus memorias en la segunda planta de una polvorienta tienda de antigüedades escondida en una estrecha y oscura calle de París. En el comienzo de la transcripción Simonini no sólo se define como un falsificador, sino también como un antisemita, un misógino, un chaquetero y un traidor; un piamontés que lo mismo odia a los Franceses que a los Alemanes, que a los demás Italianos, que a los Judios, que a los Jesuítas, que a todos los curas en general (desde luego, al angelito sólo le falta ir escupiendo por la calle mientras le lanza piedras a los perros). Eso sí, su corazón rebosa amor… por la buena comida. Tremendo, el tío.

Rápidamente, entre los ejercicios de memoria de Simonini, se intercalan las remembranzas del Abate Della Piccola, un personaje que se va entrometiendo en la historia cada vez que visita la tienda de antigüedades desde su propio alojamiento, una casa localizada en la misma manzana y unida al anticuario por un pasadizo oculto lleno de cachivaches y disfraces. Como las anotaciones de uno y otro se alternan a lo largo del texto, sin que estén simultáneamente presentes, ambos personajes llegan a una conclusión: ellos mismos, no son más que dos personalidades de un mismo individuo. ¡Vaya! ¡Mágica ocurrencia, la de Umberto! Esto promete. Eco está repartiendo cartas.

 Luego tenemos a un tercer narrador, etéreo e impersonal, que nos va resumiendo muchos capítulos de estas memorias, para que no se hagan (dice) muy pesadas (lo consigue regulín regulán, todo hay que decirlo). Bueno. No está mal esto tampoco.

Pues bien, de esta guisa arranca la crónica vital de Simonini, empezando por una infancia transcurrida bajo las faldas de un abuelo que trasvasa a su nieto, gota a gota, su odio por los judíos, a la vez que le inculca nociones sobre los templarios, los masones y los Iluminados talmúdicos. Ea: ya tenemos por dónde hacer pellizco en la intriga histórica. Vamos eliminando con seguridad alguna carta (la del Profesor Mora, la de la cocina y la del candelabro, por ejemplo), a pesar de que nos escamen los nombres de algunos personajes secundarios de la historia, como un tal Segismundo Froide y un tal Alejandro Dumas.

Inmediatamente, justo antes de que un adolescente Simonini pase al servicio de un notario que  falsifica testamentos, se menciona una misiva que su abuelo le envía a un tal abate Barruel, y en la que le advierte de las intrigas que la nación judía trama contra los estados de Europa. Esto nos permite mirar con recelo alguna carta más de las que Eco nos ha repartido (la del establo y la del puñal, quizá) mientras nos siguen paseando por la Mansión del Misterio. Tanto más cuando Simonini dice reconocer en un folletín de Eugenio Sue, autor de “El Judío Errante”, la bella estructura de La Forma Universal del Complot.

Y esto es sólo el inicio de la novela.

Los tres narradores van desgranando las peripecias de Simonini por Sicilia, por París, por Munich. El falsificador inventa documentos para cualquier servicio de espionaje europeo que pague, traba conocimiento de una conspiración legendaria del Sanedrín Sionista en un cementerio judío de Praga, come como un descosido en todos los restaurantes franceses y  traiciona a todo el que se le pone por delante. Y los lectores vamos descartando posibles asesinos, armas y escenarios. Y de camino podemos catalogar de meras referencias simpáticas a las alusiones que se hacen a Alfonse Daudet, a Victor hugo, a Garibaldi, a Biarritz, a Joly.

A pesar de que el estilo de Eco no es (nunca lo fue) fácil para nadie que no sea un erudito o un

intelectual, los distintos episodios de las aventuras de Simonini se suceden sin mucho atragantamiento, sobre todo gracias a las conexiones que periódicamente hace con episodios anteriores y con el asunto de los Judios y el cementerio de Praga. De hecho hay veces que recuerda deliciosamente a la ochentera “El Péndulo de Foucault”. Con una diferencia: a las diversivas referencias de personajes reales se le unen hechos históricos reales de la época, las batallas de unificación de Italia, la conquista de París por Prusia, el Caso Dreyfus, por decir tres; que se entremezclan con la trama de Simonini… no sé… “sospechosamente demasiado”.

¿El resultado? Pues que, cuando estamos seguros de que la novela va a ser rematada, y esperamos que Eco nos diga que el asesino fue el Coronel Mostaza en la Biblioteca con el revólver, en su lugar va y dice ¡Alfiz a Reina cuatro: Jaquemate!

¿Alfil? ¿Pues no estábamos jugando al Cluedo?

Pues no. Hemos de terminar la novela y llegar a lo que Umbertino llama “Inútiles Aclaraciones Eruditas” para enterarnos de que todos, completamente todos, los personajes y hechos históricos (que son muchos, muchísimos, todos prácticamente) eran verídicos al cien por cien. ¡Y ahí residía la gracia! Eco ha fabricado una historia “estilo Forrest Gump” que ensambla a la perfección con los diez mil eventos de su tiempo, dotándolos de un nuevo y distinto significado: Umberto Eco reescribe parte de la Historia ¡Solo que es una parte de la Historia que le suena a chino a todo aquel que no tenga (tengamos) una licenciatura en historia europea del S.XIX!

¿Que qué le parece al Cochinoespín? Pues que ya podías haber colocado las “Inútiles Aclaracioens Eruditas” al principio, Umberto, mamón, que me has cogido con la guardia bajada.

Si te lees esta novela consulta constantemente en la Wikipedia cada nombre y cada hecho histórico que vaya apareciendo, de lo contrario es casi seguro que no estás mirando hacia el lugar adecuado.

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